Temo tener razón
Aunque nunca reniego de mi sur natal, debo reconocer que la mollera se me fraguó en tierras de Aragón, y algo debe de tener esto que ver en que no ceda ni cuando el tren chufla detrás de mi, mientras continuo con sosiego andando por la vía, tal y como hacen los aragoneses de bien. Basta con recordar que el cantautor, exdiputado y eternamente maño, Labordeta, fue el único que textualmente ha “mandado a la mierda”, a los que no lo dejaban hablar, para entender que algo así debe pasarme a mi, pues uno no es de donde nace sino de donde pace, a lo que sólo cabe añadir que soy más terco que una mula.
Desde siempre fui adicto a la discusión verbal, llevando ésta a extremos que rozan el desvarío. Por ello, nunca doy la razón…, y de no darla, extrañamente, la he ido perdiendo.
Así comenzó todo: empecé llevando la razón por bandera en cada disputa, hasta que me quedé con el mástil, sin más trapo que mi “no te he entendido bien, pero no estoy de acuerdo”, ondeando al viento.
Pasaron unos años, y viendo que mis palabras carecían de sentido, una mañana que andaba yo por la plaza del Dos de Mayo, donde vivo, vi en un balcón un letrero que indicaba algo así: “se alquila, razón aquí”. Y no lo dudé, subí y alquilé toda la razón que tenían. Esta me duró un par de años. Durante este tiempo en cada discusión sacaba unas migajas de razón con lo que vencía dialécticamente a mi adversario. ¡Qué fácil es tener más razón que el otro con ayuda de razón alquilada! Más tarde y notando que mis contertulios me quitaban la razón porque ésta mermaba, encontré un caserón con las ventanas y puertas tapiadas, pero que antes de recluirse, había colocado en su portal un folio naranja que en letra gótica indica “se vende, razón aquí”, y aunque intenté comprarla, nadie me atendió, así que una noche, cincel en mano entré y me lleve toda la razón que reposaba en la planta baja.
Desde entonces no he perdido ni una disputa, cualquier discusión la gano llevando la razón, sin desvarío, y hasta he conseguido tener un corazón razonable…., pero como cualquier mortal, sigo insatisfecho, porque presiento que corazón con razón no es corazón…, y estos, me temo que no los venden.
miércoles, 26 de agosto de 2009
1- Un segundo más
Un segundo más
Quién nos lo iba a decir, cuando estudiábamos los movimientos de La Tierra, que de vez en cuando, entre giro y giro, ésta, se entretiene. Vamos, que los llamados relojes atómicos, que no tengo muy claro lo que son, han percibido que en los últimos cinco años la tierra se ha retrasado un segundo.
Y yo no he podido sino sorprenderme: primero porque no sabía de la existencia de personajes tan puntuales como para reprender a La Tierra añadiéndole un segundo más cada cuatro años para corregir tal devaneo, y principalmente porque no logro comprender en qué estará pensando como para llegar tarde en alguna vuelta, qué tendrá en la cabeza nuestro dichoso planeta como para ponerse en entredicho.
Quizá fuera Prous el primero que se dio cuenta, aunque releyendo su novela no he logrado tener claro si se refería a éste tiempo perdido. Jamás lo sabremos…
Entiendo que no haber visto nunca la cara oculta de la luna debe contrariarla, que dar vueltas sin ton ni son debe ser aburrido, e incluso que el efecto invernadero la tendrá hasta el moño, pero un planeta tan singular como el nuestro, con una experiencia prusiana de miles de millones de años, no debería dejarse influenciar tan fácilmente.
De entrada yo ya tenía asignado a que iba a dedicar el tiempo de los noventa y un años y tres meses de vida que por estadística me tocará vivir, pero esta noticia me ha hecho replantearme las cosas.
Yo por si acaso, he cogido papel y lápiz para, en caso de que le dé por atrasarse más y nos sobre tiempo, saber que hacer con el. A mi no me pillará desprevenido.
Si sigue a este paso como mínimo me van a sobrar nueve segundos, y Gardel que cante lo que quiera, y quizá sea cierto de que veinte años no es nada, pero nueve segundos atómicos, podrían ser una eternidad.
Quién nos lo iba a decir, cuando estudiábamos los movimientos de La Tierra, que de vez en cuando, entre giro y giro, ésta, se entretiene. Vamos, que los llamados relojes atómicos, que no tengo muy claro lo que son, han percibido que en los últimos cinco años la tierra se ha retrasado un segundo.
Y yo no he podido sino sorprenderme: primero porque no sabía de la existencia de personajes tan puntuales como para reprender a La Tierra añadiéndole un segundo más cada cuatro años para corregir tal devaneo, y principalmente porque no logro comprender en qué estará pensando como para llegar tarde en alguna vuelta, qué tendrá en la cabeza nuestro dichoso planeta como para ponerse en entredicho.
Quizá fuera Prous el primero que se dio cuenta, aunque releyendo su novela no he logrado tener claro si se refería a éste tiempo perdido. Jamás lo sabremos…
Entiendo que no haber visto nunca la cara oculta de la luna debe contrariarla, que dar vueltas sin ton ni son debe ser aburrido, e incluso que el efecto invernadero la tendrá hasta el moño, pero un planeta tan singular como el nuestro, con una experiencia prusiana de miles de millones de años, no debería dejarse influenciar tan fácilmente.
De entrada yo ya tenía asignado a que iba a dedicar el tiempo de los noventa y un años y tres meses de vida que por estadística me tocará vivir, pero esta noticia me ha hecho replantearme las cosas.
Yo por si acaso, he cogido papel y lápiz para, en caso de que le dé por atrasarse más y nos sobre tiempo, saber que hacer con el. A mi no me pillará desprevenido.
Si sigue a este paso como mínimo me van a sobrar nueve segundos, y Gardel que cante lo que quiera, y quizá sea cierto de que veinte años no es nada, pero nueve segundos atómicos, podrían ser una eternidad.
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