La antesala de la felicidad
A pesar de su cabellera, a Eduardo Punset no le gusta rizar el rizo. Normalmente nos aclara las ideas y las alisa para que no quede el más mínimo enredo. De esta manera logra hacerle el liso asiático al pensamiento más enrevesado. Él tiene esa habilidad. Y a él le debemos algunos, y entre esos anónimos yo, el comprender cosas que ni nos habíamos planteado.
Hace pocos leí algo en uno de sus libros que me dejó con los pelos de punta. Intentaré ser fiel a la idea: normalmente nos cuesta encontrar la felicidad porque la felicidad no tiene un cuarto, una habitación propia, sino que vive y se esconde en la antesala, en el pasillo que nos lleva a la felicidad.
Dicho así suena duro y si se explica, sigue siendo igual de jodido, pero al menos se entiende: el bueno de Punset, no nos está vaticinando nuestra imposibilidad de encontrar la felicidad, sino que nos está advirtiendo que somos más felices mientras preparamos el viaje, y vamos tachando de la lista las cosas que no debemos olvidar, que cuando estamos viajando. Y a mí me da que tiene razón este catalán universal.
Normalmente, es más emocionante, preparar la fiesta, llamando a los amigos, eligiendo la música que vamos a servir al aire, comprando esa botella de ron para esa persona que sólo toma esa marca, que disfrutar del evento; en fin somos más felices con las expectativas que nos imaginamos que viviremos, que tirando los confetis en el festejo, por muy coloridos que éstos sean.
Y bajo estas premisas se rigen nuestros comportamientos. Creo que esto nos pasa en casi todos los aspectos de nuestra vida y desde siempre, incluso desde cuando éramos menos sapiens de lo que creemos que somos ahora. Y a quién no le viene a las sienes el recuerdo de la infancia de la noche de reyes, de los zapatos brillantes, esperando a los pies de una silla donde a la mañana siguiente brotaría el milagro. Todo estaba en su sitio, menos la emoción y la algarabía que estaban en nuestras camas sin dejarnos dormir en toda la noche. Esa noche éramos inocentemente felices, felices en la espera. Mucho más felices que la tarde siguiente.
En fin que era y es más emocionante limpiar los zapatos para que nos dejen los regalos los tres de oriente, que la tarde del día seis; y todo porque la ilusión se diluye y se transforma en juguete ya desempaquetado.
Y si esto se nos ocurre trasladarlo al ámbito carnal para la conservación de la especie, aquí no cabe ninguna duda…, ya que cualquier tribu, aunque no aparezca en ningún mapa, ni haya sido descubierta por el satélite del Google Earth, tiene un sinfín de prolegómenos para el cortejo que van desde pintarrajearse la cara, colgarse abalorios, o engalanarse con pieles, gasas y sedas.
Después de esta preparación para el galanteo, llega el ritual social que puede durar desde unas cuantas horas a varios días. Todo aderezado con bailes y cánticos, religiosos o profanos, poéticos o prosaicos…, y todo esto para que los monos que somos no nos extingamos, cuando en verdad con unas carantoñas y unos arrechuchotes, cuyo cénit dura unos segundos, tendríamos bastante.
Aunque pensándolo bien, toda esta parafernalia nos hace más felices. Ahora, ahora te acabo de entender del todo, querido Eduardo.
domingo, 4 de octubre de 2009
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