jueves, 3 de septiembre de 2009

3- David Carradine: Hipótesis

David Carradine: Hipótesis.

He dejado pasar unos meses desde la muerte de David Carradine, en Bangkok en extrañas circunstancias, para que la pasión no me manipulara y poder analizar las causas de la muerte de quien a través de la pantalla del televisor llenó mi infancia de patadas, golpes y frases que me marcaron, aunque fueran lanzadas al aire con serenidad por un maestro con los ojos de color gris ciego.
Hoy, pasado ya el shock de su muerte y la tristeza de saber que ya no está entre nosotros, creo haber encontrado al responsable de una muerte que la policía aún no ha resuelto, ni parece que resolverá.
El pequeño saltamontes fue un ejemplo a seguir por mi generación, y mi abuela una de sus víctimas, pues después de cada capítulo, en vez de recordar la frase del maestro, me dedicaba a golpearla simuladamente, con patadas y puñetazos que quedaban a escasos centímetros de su cuerpo. Hasta tal punto era así que, cada vez que empezaba la serie, mi abuela huía de la casa donde vivíamos y se recorría el pueblo unas cuantas veces esperando que a su furibundo nieto se le pasara la locura temporal transitoria que me invadía como efecto secundario.
Ni que decir tiene que todos mis amigos tenían las mismas reacciones y que éstas se multiplicaban en cuanto nos juntábamos, por lo que ninguna madre se preocupó.
Pues sí, el joven Kung-fú fue uno de los ejemplos a seguir, aunque nunca entendí cuán profundas eran sus enseñanzas. A través de la ventana del televisor, y aunque nunca la integrara en mi vida, llegaron a mí las primeras lecciones de filosofía oriental; y a través de la base americana de Rota llegó a mi adolescencia un misil, en forma de revista pornográfica, que destruyó mi candida inocencia.
Se la había enviado a mi amigo Fran su hermano que trabajaba en la base naval y él la compartió conmigo. Fue el centro de nuestro onanismo durante casi un año. En aquellos tiempos, Franco, aún controlaba las imprentas, y excepto en los calendarios de los talleres de coches, nadie tenía acceso a cuerpos en papel…
Y así empezó todo. Una de las semanas que me tocaba a mí el periódico erótico, donde una rubia novia vestida de novia nos regalaba sus encantos de celulosa carnal que compartía con dos dotados caballeros momentos antes de casarse, mi madre halló nuestro tesoro sobre el pie hueco del lavabo del cuarto de baño.
Esa fue la última vez que vi a mi primera novia, aunque no la última que la poseí con el desenfreno mental de la adolescencia.
Después de esto, mi padre me llamó al orden y me advirtió de los peligros de la masturbación, que pasaban desde la perturbación, transitando por la esterilidad hasta efectos secundarios sobre las neuronas para terminar con algunos casos de ceguera confirmados.
El miedo a estas plagas bíblicas fue menor que el fuego de la pubertad, y como a esa edad es difícil amar a los otros como a ti mismo, me arriesgué y planté cara a la lista de enfermedades posibles. Y desde ese día supe que detrás de todo esto estaba la iglesia. Siempre supe lo que más tarde confirmé: que a este mundo vinimos a sufrir, por lo que el placer es pecaminoso para nuestra educación judeo-cristiana, y el amor propio estaba entre esas formas de placer.
Así que, cuando oí en la radio del coche mientras volvía a casa que al pequeño saltamontes, que a nuestro Kung-fú, que a David Carradine lo habían encontrado muerto dentro de un armario en una situación que indicaba que no podía estar sino masturbándose mediante sofisticados métodos anaeróbicos que lo ahorcaron, no pude sino decirme “con la iglesia hemos topado”. Porque… ¿quién si no la iglesia podrá a beneficiarse de la noticia, anotando que ya nos advirtió de estos peligros…? Lo que me queda claro es que hubo un amante pontificio que desapareció llevándose el aire del armario. Vaya que sí.
Y si siguen mostrándonos estos ejemplos tan gráficos, al final voy a tener que darle la razón a mi padre y tendré que replantearme esto de amarme, como a Dios, por encima de todas las cosas.

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