Orbitando.
Aún no estamos seguros si de verdad en el 69, el hombre llegó a la Luna, y ya estamos pensando en volver.
¡Increíble!..., porque desde luego, no se puede volver a ir a dónde nunca se ha estado.
Son muchos todavía los que siguen juzgando que las banderas no pueden ondear en la luna, por muy americanas que estas sean, porque no hay atmosfera. Son también bastantes los que dudan de las sombras que proyectaban los astronautas y sobretodo si de verdad fue un gran paso para la humanidad, porque, según estos escépticos, las mentiras tienen las patas muy cortas.
Y en verdad… ¿para que nos ha servido?
Pues en mi humilde opinión para poco; pero lo que no cabe duda es que aunque fuéramos o no, el viajecito se preparó concienzudamente, e incluso nos colocaron un observatorio astronómico cerca de Madrid, con el que, por cercanía, podían convencer más fácilmente a toda Europa.
Y sin desviarnos de la órbita, como decía, el viaje lo prepararon bien: para calentarse el cafecito, inventaron el microondas; con el fin de no tener que salir al campo abierto del espacio a defecar, crearon los dodotis y las toallitas húmedas que ahora tienen en exclusiva los bebes del primer mundo…, y si me apuran hasta la leche en polvo le debe algo a los proyectos siderales, pues el investigador, familiar de Gandhi, que la inventó, inconcientemente ya sabía que a nadie se le iba a ocurrir meter una vaca en un cohete. Y menos si ésta era hindú.
Por otra parte resulta paradójico que sin conocer bien nuestra propia casa, dónde hay un setenta y cinco por ciento de organismos aún por detectar, nos vayamos a la casa del vecino de visita. También lo es que no teniendo dinero ni para pipas nos queramos construir un Chalet de titanio en el espacio. Paradójico y extraño.
Y lo que me deja más perplejo es que estemos mirando otra vez por el balcón y ahora nos quieran llevar a Marte, que exceptuando lo de ir al sol de noche, me parece la memez más torpe del siglo XXI
Así que yo no sé dónde quedarme, aunque no voy a moverme ni un palmo del suelo: No se si de verdad Armstrong piso la luna, aprendió a tocar la trompeta como un negro de Orleans, y después ganó siete Tours de Francia; o todo fue un montaje de la Paramount en algún lunático lugar del desierto de Almería.
Lo único que recuerdo es que aquel día yo tenia siete años, y D. Pedro, mi maestro de matemáticas, nos estuvo hablando toda su hora de la proeza del ser humano y casi me convenció. Salimos del colegio fantaseando con la ingravidez, recordando la imagen en blanco y negro que vinos en la tele y preguntándonos hasta si algún día viviríamos allí, hasta que ¡Zas!..., de camino a casa, nos encontramos al padre de un amigo de clase que, en el tono concienzudamente científico, que sólo tienen los campesinos de Cuenca, nos dijo que él se pasó toda esa noche en vela, mirando sin parpadear el romántico satélite y no vio nada. Nada de nada. Y yo no pude sino creerle.
miércoles, 23 de septiembre de 2009
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